“Usted cambió mi definición de lo judío”

Al llegar en 1959 el rabino Meyer se dio cuenta que la comunidad judía argentina estaba en crisis. Se desconcertó al ver a tantos judíos asimilados, pocas personas asistiendo a los servicios, y una juventud alienada de su fe. Sin embargo, Marshall entendió por qué tantos judíos argentinos sentían que los servicios eran irrelevantes. Entonces empezó a hacer cambios, algo que seguiría haciendo durante toda su vida.

Primero, animó a los niños judíos a participar más en su religión para que las familias enteras volvieran a su fe. Como el rabino encargado de las actividades para la juventud, estableció el Camp Ramah durante el verano de 1960, el cual desarrolló con Namoi desde cero. Sus jornadas laborales de veinticuatro horas valieron la pena y cientos de familias rápidamente se unieron a la Congregación Israelita.

Marshall también quiso dar vigor a la vida intelectual judía. En 1963 empezó un proyecto de publicación y traducción que produjo docenas de libros sobre historia y teología judía en el idioma materno de la comunidad, el español.

Pronto, los planes y las ambiciones de Marshall crecieron demasiado para lo que era posible en la Congregación Israelita. Frecuentemente chocaba con la jerarquía del templo, la cual se resistía al cambio. Después de cuatro años, se fue y fundó la Comunidad Bet El y el Seminario Rabínico Latinoamericano en 1963.

Marshall consideró el seminario como una de las formas más importantes de fomentar la comunidad y la vida judía. Se dio cuenta que la Argentina necesitaba rabinos nacidos en el país que pudieran difundir mejor las enseñanzas del judaísmo con un entendimiento de los contextos y culturas locales, rabinos que pudieran hacer relevante la religión a quienes vivían en Sudamérica. Hasta entonces sólo había doce rabinos extranjeros de edad en una comunidad de 450,000 judíos argentinos. El seminario era la clave para cambiar todo eso.