“No tengo derecho a quedarme callado”

La partida de la familia Meyers de la Argentina dejó a muchos consternados y afligidos. Sin embargo, Marshall no abandonó su activismo y trabajo a favor de los derechos humanos.

Después de una estadía corta en la Universidad de Judaísmo, la familia Meyers se trasladó a la Ciudad de Nueva York, donde Marshall se hizo rabino de la sinagoga B’nai Jeshrun. Tal como lo había hecho antes en Buenos Aires, hacía 35 años, le dio nuevo ímpetu a una congregación con números cada vez más reducidos y la convirtió en una comunidad fuerte, sionista y activa políticamente. Desde 1985 hasta su muerte en 1993, Marshall abogó sin descanso por los derechos de personas sin hogar, las víctimas de HIV/SIDA y los derechos de la comunidad gay. También se opuso a las guerras en América Central y las políticas de asentamientos del estado de Israel (fue un temprano defensor de un estado palestino). Siguió ayudando a llevar ante la justicia a altos rangos de las fuerzas armadas argentinas.

El rabino Marshall Meyer fue testigo experto en 1998, cuando Débora Benchoam y Alfredo Forti presentaron una demanda contra el general Carlos Guillermo Suárez Mason, quien había huido a los Estados Unidos. Suárez Mason era uno de los oficiales militares más notorios que estableció y dirigió por lo menos 20 centros de detención clandestinos. El testimonio de Marshall ayudó a lograr la extradición de Suárez Mason a la Argentina, donde lo condenaron. El presidente Carlos Menem le concedió una amnistía en 1990, pero Suárez Manson fue encarcelado antes de su muerte en 2005.