La década de los setenta: “¿Dónde está la Argentina ahora?”

A fines de los años sesenta, Marshall observó que la Argentina iba a pasar una “etapa prolongada de lucha, disturbios e inestabilidad enorme”. No tenía idea de que esto era una subestimación total.

Un país conocido como uno de los más ricos del mundo y famoso por su sofisticación cosmopolita y su numerosa clase media, presenciaba actos de guerrilla urbana con más frecuencia. Un grupo paramilitar fascista, la Alianza Anticomunista Argentina, o Triple A (AAA) fue responsable por la desaparición y presunto asesinato de miles de opositores políticos de izquierda y de dirigentes sindicales. Militantes derechistas bien armados asesinaban a militantes izquierdistas bien armados, y viceversa. Los titulares de los diarios condenaban atentados en bancos, asesinatos de ejecutivos y caos en la economía.

Fue bajo estas condiciones a mediados de la década de los setenta que gente de diferentes credos empezó a acercarse a Meyer en su calidad de líder espiritual, sin saber quién más podría ayudarlos ante la súbita desaparición de sus seres queridos. Meyer decidió ayudarlos, no por estar de acuerdo con su política, sino por su “deber supremo” de ayudar a otro ser humano que sufre.

Entonces quizás es comprensible que muchos argentinos recibieron las noticias del golpe de estado por parte de las fuerzas armadas el 24 de marzo de 1976 como algo positivo. La gente estaba llena de esperanzas de que pondría fin a la violencia cotidiana.

Marshall también tenía esperanza de que la situación fuera a mejorar, pero tomaba con cautela las promesas de los generales. Se veían incidentes antisemitas con más frecuencia por todo el país y las fuerzas armadas fomentaban estos prejuicios.